La respuesta ha sido una incógnita por mucho tiempo, psicólogos, sociólogos e incluso médicos han tratado de fundamentar la euforia que produce el hecho de observar a una persona correr detrás de un esférico lleno de aire.
Pero la indagación no se limita ahí. Otros, más aventureros, han querido investigar cómo la identificación con un equipo o el sólo hecho de llevar sus colores, de cantar sus vítores o gritar sus goles, produzca tal fervor en sus hinchas que, incluso lleguen a cambiar radicalmente su carácter por el sólo hecho de querer ser un hincha más alentando a su equipo.

La verdad es que no he hecho ningún tipo de análisis científico ni sociológico sobre el tema. Pero de algo estoy seguro, y tengo el aval de años como un profundo espectador de este deporte, y es que, el identificarse con un equipo, el sentir que compartes el mismo sentimiento con el tipo que está saltando y cantando al lado tuyo en el tablón, produce una emoción tan grande, que te emociona y exalta cuando gana el equipo, pero también te amarga y desilusiona cuando no.
Todos estos factores, hacen que al momento de ir al coliseo deportivo, olvides todo, y sólo te preocupes de vivir 90 minutos de euforia y emoción total.
Muchos dirán que sólo les importa el tema económico. Pero por un momento, tratemos de imaginarnos una jugada. Imagínense que van pasando el medio campo, "gambetean" y se pasan a uno, luego a dos y terminas definiendo con una exquisitez frente al arquero. Corres hasta el banderín del tiro de esquina, mientras a todo pulmón gritas gol. Mientras todo esto sucede, 40.000 personas observaban meticulosamente tu jugada y al momento de concretarla, todo el estadio empieza a vitorear tu nombre; como dirían algunos, el "sueño del pibe". La euforia de ese jugador, posiblemente, sea tan grande como la que tendrá el espectador al momento del gol.
Esa es la riqueza de este deporte, el fervor y la euforia popular que implanta tanto en el jugador como en el espectador.

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